Jesús Emilio Escobar Fernández, ex propietario de la hacienda Las Pavas, era al parecer, testaferro del narcotráfico.

En el libro “Mi confesión” de Mario Aranguren Molina, publicado en el 2001, el entonces comandante paramilitar Carlos Castaño narra el asesinato del narcotraficante Gustavo Escobar Fernández, en el cual él mismo participó. En el relato cuenta cómo el hermano de Gustavo Escobar, Jesús Emilio Escobar Fernández, conocido como “Ñoño”, era su principal testaferro. Es precisamente este hombre, Jesús Emilio Escobar, quien figuraba como propietario de la hacienda Las Pavas hasta su venta en el 2007 al Consorcio El Labrador, compuesto por las empresas C.I Tequendama, de propiedad de José Ernesto Macías y Aportes San Isidro S.A. de propiedad de la Familia Dávila Abondano (grupo Daabon), implicados en el grave caso de corrupción del programa gubernamental de subsidios agrícolas Agro Ingreso Seguro.

A continuación, reproducimos un fragmento de la entrevista:

Fragmento del libro Mi Confesión. Carlos Castaño en entrevista con Mario Aranguren

Permita que ahora le cuente casos tan aberrantes como el del narcotraficante Gustavo Escobar, quien no era familiar de Pablo Escobar pero sí trabajaba con él y, además, era el aliado más importante de la guerrilla del EPL. Este hombre puso a su hermano Emilio ‘Ñoño’, como el gran testaferro de sus tierras, muchas en sociedad con la subversión. Gustavo fue uno de los más grandes padrinos de la guerrilla que tuve que ejecutar. La información de los nexos del comandante del EPL Bernardo Gutiérrez, alias ‘Tigre Mono’, con Gustavo Escobar Fernández nos llegó por los días en que los hermanos Castaño llegamos al departamento de Córdoba. La alianza del narcotráfico y la guerrilla estaba en su mejor momento con Gustavo Escobar, un ‘narco’ inescrupuloso; tenía poder, relaciones con gente adinerada de Medellín y estaba vinculado a la empresa privada. Un hombre muy peligroso.

A través de su hermano Emilio ‘Ñoño’, podía vender semanalmente novecientas cabezas de ganado a la feria, en Medellín, el 30% del mercado de la época. Tenía fácilmente quinientos camiones y era uno de los mayores compradores de insumos para fincas. Movía tranquilamente cuatro o cinco mil millones de pesos al mes. Este sinvergüenza trabajaba las fincas con su hermano y generaba empleo, pero arruinó a gente honesta y trabajadora para llegar hasta ese punto. Por eso se tomó la decisión de ejecutar a Gustavo, el cerebro de todo, y dejar vivo al que manejaba las tierras, al testaferro, su hermano Emilio ‘Ñoño’.

En el EPL era respetado y querido, era un jefe más de la guerrilla, una especie de patrón y a la vez socio. Con esto no pretendo hablar mal de la gente del EPL; a ellos los respeto, porque años después dejaron las armas y se reinsertaron de verdad. Mi amistad con esos exguerrilleros me ha ayudado a conocer más a fondo el modus operandi de la subversión. Gustavo Escobar convirtió a su hermano en uno de los grandes terratenientes de Colombia, fácilmente lograron acumular cien mil hectáreas de tierra productiva y así fue como la consiguió: Mientras el poder militar del EPL entraba y asolaba una región al secuestrar y extorsionar a su gente honesta, la tierra perdía valor y de pronto aparecían de la nada, como los grandes salvadores, Gustavo Escobar y su hermano Emilio ‘Ñoño’.

Compraban las tierras a precio de huevo y la gente terminaba agradeciéndoles, porque eran hombres supuestamente prestantes. La misma historia que narró nuestro Nobel en su libro “La mala hora”.

Pero, tenga en cuenta que ésta no sólo era una estrategia del EPL, también un método utilizado por las guerrillas del ELN y las FARC. Padrinos de la subversión, como Gustavo, lograron adquirir un elevado número de fincas de la mejor calidad. Fincas bajas, medias y en tierra alta, para ceba, levante y cría de ganado. Gustavo acumuló muy rápido, porque contaba con el dinero del narcotráfico para invertir y además, casi nada, socio de la guerrilla. No existía para él ningún problema hasta cuando llegué yo.

Recuerdo que le gustaba que le dijeran: “Dotor; no, doctor”. ¡Dotor! Imagínese el personaje.

—¿Pero ustedes hacen lo mismo en ciertas zonas para “limpiarlas” de todo lo cercano a guerrilla?

—le pregunté a Castaño.

—Partamos del principio, su pregunta es la respuesta. Somos un mal necesario y debemos ser transitorios; contrarrestamos a la guerrilla con sus mismos métodos, pero el fin es opuesto. Fidel y yo estábamos preocupados con lo que le sucedería al país si se dejaba progresar esta alianza, más yo que mi hermano. Fidel cometió el error de decirle una vez a Gustavo Escobar: “Hombre, Gustavo, ¿por qué estás patrocinando vos esta guerrilla?” La respuesta fue tajante: “Fidelio, aquí pensamos distinto, el enemigo es el Estado colombiano y hay que estar con el que esté contra el Estado”. Fidel, muy prudente, no le dijo lo que pensaba; mi hermano no cazaba una guerra antes de tenerla ya ganada, a no ser que se la cazaran a él. Pero ese comentario casi me cuesta la vida. Gustavo Escobar intuía que yo era muy peligroso para él, pues, a pesar de la posición conciliadora de Fidel, yo ya había ejecutado gente suya aliada al EPL. Por eso me mandó a matar en dos oportunidades. La primera fue en Medellín. Me confundieron con un miembro de nuestros comandos urbanos que viajaba en uno de mis carros y lo asesinaron. En teoría me mataron porque yo me había movilizando esa semana en ese vehículo de vidrios polarizados. Diseñé varios intentos para ejecutarlo en Medellín y no fue posible. Intenté refugiarme por unos días en San Carlos, Antioquia, y hasta allá arribaron los sicarios. Transitaba por la última calle del pueblo en un campero Mitsubishi, bajaba por una trocha, al lado había un barranco alto, y desde allí me dispararon con pistolas 9 milímetros. Por suerte no mataron a mis dos acompañantes, Humberto Zea y su esposa Judith. El parabrisas quedó destrozado y el techo del campero, con alguna perforaciones. De manera increíble sólo resulté herido en una pierna, una bala atravesó mi muslo derecho con dos orificios de entrada y dos de salida, por la posición de mi cuerpo al volante. En el hospital de San Carlos, los médicos diagnosticaron que la herida no revestía gravedad y que podía irme, si lo deseaba. Entonces alquilé un campero Land Rover y me fui en la sillatrasera, no quise llevar una camilla, como lo acostumbran esos camperos convertidos en ambulancias. Preferí viajar sentado, con el suero gota a gota en la mano.

A mi hermano Fidel ya se le había avisado y se vino como un rayo, solo y sin escolta, en su camioneta Ford Bronco, por una carretera llena de guerrilla, una zona brava, entre los municipios de Granada y San Carlos. Ésta es una de las manifestaciones de arrojo y cariño que recuerdo de Fidel. Nos encontramos en la carretera y no me dejó caminar para cambiar de carro. Él mismo me cargó en sus brazos y, cuando me trasladaba a su camioneta, me dijo: “Yo venía a recibir un cadáver, creí que me lo habían matado”. Entonces le contesté: “No se preocupe, hombre, que todavía nos falta camino”.

Al ver que corría peligro en Medellín, decidí irme para Bogotá y esconderme un tiempo, mientras planeaba la ejecución del padrino de la guerrilla, Gustavo Escobar. Alquilé un apartamento pequeño en la 116 con 11 y me dediqué a estudiar inglés en el Colombo Americano de la calle 114 con carrera 15. Allí decidí hacer el operativo en Bogotá, en el puente aéreo Avianca. Fue una acción limpia, hasta espectacular, podría decir, allí sólo murió el que tenía que morirse. Eso de poner cargas de dinamita o disparar ráfagas de metralleta a lo loco, eso es de bandidos, pues muere gente inocente. Siempre se dice en la crónica roja: “Bastaron sólo cinco minutos para acabar con la vida del criminal”. No, no, no. Fueron días enteros de trabajo y sincronismo en las horas finales. Cuento este caso, para dejar bien claro al país que quien estuviese con la guerrilla era enemigo nuestro, incluidos los narcotraficantes. Esa mañana nos llegó un dato de nuestro informante ‘Carrielito’, el hermano de uno de los escoltas de Gustavo Escobar. “Va para Bogotá en su avión”. Gustavo tenía tres aviones y dos helicópteros, lo que un ‘narco’ grande acostumbraba a usar en ese tiempo. Yo lo esperaba con el hombre preparado para realizar la acción. Manuel, un lisiado y enfermo terminal que apenas podía mantenerse en pie y con dificultad daba pasos. Una operación suicida, pero tenía como motivación adicional que su madre y dos hermanos habían muerto en una toma guerrillera. Manuel se apoyaba en mi hombro y el plan era dejarlo en un sitio cercano a Gustavo Escobar y evitar que éste me viera, pues si me llegaba a identificar, el muerto sería yo. Gustavo contaba con una fuerte escolta, en carros blindados, y en el puente aéreo en Bogotá lo acompañaban nueve hombres.

A paso lento, nos acercamos a la Librería Nacional. Era el sitio perfecto, Manuel tenía que proceder en el instante que Gustavo Escobar saliera de la librería. Justo al frente, hay unas sillas y allí dejé a Manuel. Recuerdo que un señor estaba sentado leyendo el periódico y le dije: “Por favor, por qué no le cedemos la silla al enfermo”. Los escoltas estaban en la puerta y Manuel sentado a dos metros, con la pistola lista debajo de la camiseta. Ahí me la jugué toda, me fui caminando sin mirar atrás y pensé: “Si Manuel no actúa, me toca a mí”. No transcurrió medio minuto, cuando oí los disparos. Fue un disparo seco, un silencio y tres tiros más, seguidos. Después oí por lo menos diez disparos al mismo tiempo. Sin mirar, sabía que Manuel le disparó cuatro veces a Gustavo y la escolta acababa de reaccionar, matándolo. No lo pensé y aceleré el paso hacia la puerta, pero las cerraron, eran eléctricas, entonces pensé: “¡Madre mía! La gente en el aeropuerto me observó cargando a Manuel”. Como la única puerta que no se cerraba de manera automática era la de la salida internacional utilizada sólo para vuelos a Nueva York, salté una cinta roja, que dividía la salida nacional de la internacional y salí caminando; daba pasos largos, pesados y rápidos cuando me escapé.

Ése fue el final de uno de los padrinos de la guerrilla. Hombres como éstos los hay en todas las regiones de Colombia. La gente honesta de verdad lo sabe y al principio no lo dice, pero al final termina delatándolos.

Notas de prensa relacionadas

http://www.semana.com/nacion/ultimo-vuelo/25931-3.aspx

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-84569

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Por el retorno a la tierra con economía campesina y soberanía alimentaria
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